Vallejo no se transformó de una día para otro, lo que ocurrió desde 1940 a 1990 fue un proceso largo de construcción, auge y declive, que marcó de manera irreversible la forma en la que sus habitantes vivieron y entendieron su territorio.

El origen de una zona

1940

Hacia 1940, la Ciudad de México comenzaba a reimaginarse como una metrópoli industrial. El país llevaba años apostando por un modelo económico que pusiera a la industria en el centro, y la capital necesitaba un lugar para hacerlo posible. En este contexto, entre 1941 y 1942, se elaboró un plan de zonificación urbana que reservó áreas exclusivas para la actividad manufacturera, equipadas con energía eléctrica, agua, drenaje, carreteras y vías férreas.

En 1944, la zona Industrial Vallejo se consolidó formalmente mediante decreto presidencial; con más de 402 ha, se convirtió en la zona industrial más importante del Distrito Federal. En Azcapotzalco se instalaron también la estación de ferrocarriles nacionales de carga de Pantaco, la aduana de la ciudad de México y los almacenes nacionales de depósito. La infraestructura ferroviaria ya existente fue la razón decisiva para elegir este territorio. Desde ahí se podía conectar con el resto del país.

Lo que hasta entonces eran terrenos ejidales y milpas, comenzó a transformarse; Las tierras comunales de Santiago Ahuizotla, Santa Catarina, Ferrería y Santa Bárbara pasaron a manos del Estado. Los ejidatarios recibieron compensaciones o parcelas en otros estados, cediendo Azcapotzalco al paisaje industrial. Con ese cambio, comenzó una transformación que tardaría décadas en mostrar toda su dimensión.

Las fábricas

1950

Durante la década de 1950, la zona industrial Vallejo vivió su expansión, más acelerada. Del total de empresas privadas de capital nacional que se instalarían en el área, más de 68%, lo hicieron entre 1941 y 1960. Las fábricas no llegaban solas: con ellas llegaban trabajadores, familias enteras, expectativas de movilidad social y nuevas formas de vida urbana.

Azcapotzalco, que por siglos había tenido una vocación agrícola, se convirtió en pocas décadas en el principal polo industrial de la ciudad. Surgieron colonias enteras destinadas a alojar a la clase trabajadora, cuyos nombres reflejaban el optimismo de una época que asociaba la industrialización con el progreso. La vida de esas colonias se organizaba en torno a la fábrica, los turnos marcaban los horarios familiares, las sirenas señalaban la hora y los trabajadores temporales esperaban noticias de vacantes que a veces llegaban por recomendación. 

El trabajo industrial no era solo una fuente de ingresos, era el eje alrededor del cual se construía la vida cotidiana y la identidad del territorio.

El auge y sus tensiones

1960

Para 1960, Azcapotzalco concentraba la mayor proporción de trabajadores industriales de la capital, y su población había llegado a 371,000 habitantes. Diez años después, en 1970, esa cifra alcanzaría los 549,000. El crecimiento fue tan acelerado que la infraestructura habitacional no logró seguirle el ritmo; en 1960, la disponibilidad de vivienda era insuficiente para los miles de obreros que seguían llegando a la zona. 

Fue también en esta década cuando Azcapotzalco superó a la delegación Cuauhtémoc para posicionarse como el principal núcleo de producción industrial de la ciudad. Lo que antes era periferia, ahora era el corazón manufacturero de la metrópoli; las fábricas generaban empleo, los sindicatos organizaban a los trabajadores, y el Estado invertía en escuelas y servicios para sostener ese modelo.

Pero esto también tenía sus límites, la demanda de vivienda, servicios y transporte superaba lo que las instituciones podían ofrecer. En 1962, la prensa reportaba la construcción de 1,500 viviendas para los obreros de Vallejo, financiadas en un 85% por los propios trabajadores en un plazo de 16 años. Las organizaciones sindicales presionaban por mejores condiciones, y la expansión urbana comenzaba a generar asentamientos irregulares en los márgenes de las colonias.

Una comunidad construida alrededor del trabajo

1970

La década de 1970 representa el momento de mayor densidad social en la historia de Vallejo. Para entonces, Azcapotzalco contaba con una red extensa de servicios construida en torno a la vida fabril: 55 jardines de niños, 156 escuelas primarias, 13 centros de capacitación técnica industrial, clínicas del IMSS y del ISSSTE, mercados, bibliotecas y centros deportivos. 

 

La cultura obrera que se había ido sedimentando desde los años cuarenta alcanzó en esta época su expresión más consolidada. Las fiestas patronales de las colonias se mezclaban con celebraciones sindicales; los aniversarios de las fábricas convocaban a familias enteras y los espacios de socialización funcionaban como extensiones de la comunidad laboral. Esta cohesión sería lo que el siguiente ciclo pondría a prueba.

El inicio del declive

1980

A partir de 1980, el modelo que había dado origen y dinamismo, Vallejo comenzó a mostrar sus fracturas. La crisis económica de 1982 golpeó de manera directa la industria nacional: la devaluación, la inflación y la contracción del mercado interno evidenciaron la vulnerabilidad de decenas de empresas que dependían de insumos importados y de un Estado que ya no podía sostener el mismo nivel de protección arancelaria. Las fábricas no cerraron de golpe, pero comenzaron a reducir plantillas, a suspender turnos y operar con márgenes cada vez más estrechos.

 Para los habitantes de Vallejo, estos años fueron los de más  incertidumbre. El empleo formal seguía siendo mayoritario, pero la estabilidad que había caracterizado al trabajo industrial comenzaba a deteriorarse. Los sindicatos, que durante décadas habían funcionado como espacios de representación y apoyo comunitario, empezaban a perder  capacidad de negociación.

Las puertas comenzaron a cerrar

1985

La entrada de México al GATT en 1985 marcó el inicio formal de la apertura comercial. Frente a productos importados más baratos, principalmente asiáticos, las fábricas nacionales no encontraron cómo competir. Algunas cerraron definitivamente; otras trasladaron sus operaciones a estados con menores costos o mayor acceso a mercados internacionales, donde la proximidad con la frontera estadounidense ofrecía ventajas logísticas que Vallejo ya no podía compensar. Los sectores metalmecánico, de maquinaria y equipo fueron los primeros en experimentar el impacto.

Los inmuebles que quedaban vacíos comenzaron a reconvertirse en bodegas para mercancías importadas, invirtiendo de manera simbólica el modelo que había dado origen a la zona. La contaminación acumulada por décadas de actividad industrial sin regulaciones estrictas se volvía insostenible: la Refinería 18 de Marzo, cuyos incendios y emisiones afectaban a miles de familias, se aproximaba al cierre que llegaría en 1991. Lo que se perdía no era solo el empleo: era un modo de vida construido colectivamente durante cincuenta años.

Vallejo y el fin del modelo

1990

En 1991, la Refinería 18 de Marzo cerró sus puertas. Sus constantes incendios y emisiones tóxicas habían afectado durante años la salud de miles de habitantes: familias enteras eran evacuadas de escuelas y espacios públicos cuando las nubes de humo se extendían por la zona. La contaminación por plomo tuvo impactos graves en la población infantil. Un año después, en 1992, el Rastro de Ferrería cerró por las mismas razones: era imposible operar instalaciones altamente contaminantes en un entorno urbano cada vez más denso. Ambos espacios fueron saneados y destinados a servicios, vivienda y equipamientos urbanos.

Entre 1993 y 1998, los sectores metalmecánico, de maquinaria y equipo perdieron más de seis mil empleos. Los inmuebles industriales que quedaban vacíos se reconvirtieron en bodegas para mercancías importadas, principalmente asiáticas. La población de Azcapotzalco, que había alcanzado cerca de 600,000 habitantes en el auge, descendió a poco más de 440,000 hacia el año 2000. A finales de la década, casi la mitad de la población trabajadora de la zona metropolitana percibía menos de dos salarios mínimos, y apenas un tercio contaba con prestaciones laborales. Los sindicatos perdieron capacidad de negociación, y con el cierre de las fábricas se deshicieron los vínculos colectivos que habían sostenido la cohesión social del territorio.